lunes, 11 de octubre de 2010

Dios, ¿estás ahí?



—La vida es simple; solo tienes que esperar a que termine y ya está, llegaste al final y no pasó nada. ¿Qué hay más simple que eso?
—Nada —contesté—, solo que a veces se me dificulta creer que la vida no es más que un juego donde nadie gana, a veces me da rabia pensar que hagas lo que hagas no llegarás a ninguna parte.
—Déjate de melodramas, lo único que tienes que hacer es caminar con la vista al frente, sin mirar atrás y sin importar a quién pisoteas en el camino: la meta son las estrellas.
—Nadie ha llegado a las estrellas. Dije, y él soltó una fuerte carcajada.
—Quizá no físicamente, pero hay cierto tipo de yerba que te hace sentir que las tocas —dijo él, y volvió a reír muy fuerte.
—Ya me harté de tus estupideces —protesté—, solo hablas de alcohol y alucinógenos. ¿Qué nada es en serio para ti?
—Claro que sí, chaval, solo trato de no tomarme muy en serio las cosas, porque en caso de hacerlo correría el peligro de volverme como tú.
—¿Cómo yo? —pregunté preocupado.
—Si, como tú —respondió él, señalándome y mirándome gravemente—, un tipo loco y amargado que solo piensa en lo que está podrido y jamás mira aquello que sí funciona correctamente en el mundo.
Yo reí fuertemente al escuchar aquello y pregunté:
—¿Y qué es eso que, según tú, está bien en el mundo?, porque yo no lo he conocido todavía.
—Claro que lo has conocido, solo que eres ciego o tal vez estúpido y por eso no has logrado verlo. Hay cosas en la vida que hacen que esta sea muy agradable: el alcohol por ejemplo —dijo sonriendo—; o el sexo, la yerba, la música, el tabaco…
Su risa era tan estruendosa que me moría de ganas por golpear su estúpido rostro hasta verlo sangrar, pero había algo que me detenía.
—Deja ya eso, idiota, o te partiré el cráneo —le respondí, furioso.
—De acuerdo, chico listo, estoy molestándote —respondió muy tranquilamente—, pero es verdad lo que te digo; no debes tomarte las cosas tan en serio o un día te verás a ti mismo metiéndote una bala entre los ojos.
—Lo tomare en cuenta Enzo, te veré luego —respondí, dispuesto a marcharme.
—De acuerdo, pero no olvides lo que dije, es en serio, chico, eres muy raro y además pareces del tipo de los que se meten balas en la cabeza sin avisar.

Salí de ahí y me dirigí a mi cuartucho en una casa de habitaciones en la avenida “K”. Al llegar, saque un cigarrillo y lo encendí con el fuego de la estufa, me senté en el sofá viejo que servía de atavió en la maltrecha sala y me puse a pensar en lo que Enzo había dicho minutos atrás. Él tenía razón en algunas cosas; el alcohol sí me había servido muchas veces como escape de la horrenda realidad, solo que hacía ya algún tiempo que no era suficiente, y también acertó en eso de meterme una bala entre los ojos, pues en más de una ocasión había considerado el suicidio como una opción para salir de este juego macabro. Lo que me molestaba de Enzo era que a pesar de que sabía las mismas cosas que yo (que la vida no tiene un sentido real, que dios no existe, que el ser humano es el animal más cruel y mezquino que existe en el planeta y que la muerte es el único ser que nos concede verdadera piedad), él sí parecía disfrutar su paso por el mundo y sacarle jugo a la vida; por el contrario, yo cada día me volvía más amargado y melancólico, cada día me costaba más trabajo levantarme de la cama y salir a la calle, cada día me parecía más largo que el anterior. Pensaba muy seriamente en todas estas cosas cuando recordé que tenía un porrito en un cajón de la cocina, y aunque fumar yerba no era muy de mi agrado, a veces me gustaba darle una calada o dos para salir de los límites de mi mente enferma y retorcida. Saqué el porro y lo puse en mi boca, lo encendí con una cerilla y le di una larga calada, aguante la respiración lo más que pude y exhalé; era magnifico. Repetí la operación un par de veces más, me senté en el sofá a esperar el efecto que produce esa rica sustancia psicotrópica y me quedé dormido, o al menos eso creo, aunque ya no estoy muy seguro.

Soñé con una enorme multitud de personas caminando hacia un gran túnel, era muchísima gente, quizá millones. Aquel túnel conducía a un lugar mejor conocido como el paraíso, y administraba la entrada un viejo barbudo que al parecer era san Pedro o alguien de ese tan conocido sequito de mafiosos de la religión. La gente tenía que pagar para entrar, pero no era dinero lo que el señor Pedro pedía; lo que él deseaba obtener, a cambio de un pase de entrada al paraíso, eran los sueños de todas aquellas personas, pues él argumentaba que no podías entrar al paraíso si seguías teniendo sueños: sueños como alcanzar el éxito en alguna empresa, tener una grande y bonita familia, conseguir un trabajo súper bien pagado, ser algún tipo famoso o simplemente tener un Ferrari. Aquellas personas entregaban sus sueños sin chistar con tal de entrar a ese lugar fantástico y eran conducidos al túnel por un par de querubines con alas parecidas a las de una gárgola (no sé si yo fui el único que se percató de que esos querubines eran algo sospechosos). Las personas entraban de uno en uno y la fila parecía no terminar nunca, así que me colé hasta el frente, por medio de golpes y empujones, hasta que logré llegar frente a míster Pedro. Él me miró de arriba abajo y finalmente dijo:
—¿Qué clase de persona fuiste en tu vida?
—Una persona normal —conteste, muy tranquilo.
—Debes ser más específico en tu respuesta si pretendes entrar en el paraíso —dijo él, mientras se acariciaba su inmensa barba blanca.
—Bueno, señor Pedro, digamos que soy un pecador desde mi nacimiento y mi conciencia jamás me ha permitido arrepentirme por nada de lo que he hecho, aunque si me lo permitiera, igualmente no me arrepentiría.
—Muy mal —dijo Pedro—, creo que nunca habrá lugar para alguien como tú en este sitio, pero antes de decidir dime una cosa más: ¿Alguna vez has deseado ir al paraíso?
Tardé un poco en responder, pues, sinceramente, nunca había pensado en esa cuestión. Luego de pensarlo un rato, respondí.
—No lo sé, ni siquiera sabía de su existencia, yo siempre creí que dios era un cuento mal contado, creado para controlar a las masas ignorantes del planeta y nada más.
—Pues te equivocas —respondió Pedro, muy molesto—, Dios es real y está esperando al final de este túnel para recibir a su fiel rebaño. Pero tú no podrás verlo hasta que pases una temporada en un lugar al que llamamos purgatorio.
—¿Tendré que esperar mucho? —Pregunté.
—Un par de milenios —respondió.
—Ese no me parece tan buen negocio, Pedro, lo mejor será que me largue por donde vine y no volver nunca por aquí —dije yo, mostrando signos de estar harto de aquella conversación.
—¿Y cómo piensas regresar? —me dijo Pedro, mientras una sonrisa parecía dibujarse en su rostro.
—No lo sé, viejo, lo único que sé es que necesito un trago justo ahora —respondí irónicamente.
—Jamás entenderás, muchacho —gritó Pedro, ya bastante furioso—, la gente como tú está condenada, jamás conocerán la gloria del Señor y vagarán sin rumbo en las tinieblas por toda la eternidad.
Yo lo miré fijamente y ahogué una carcajada, pues temí molestar más a aquel hombre, pero, fiel a mi forma de ser, respondí en tono sarcástico:
—Entonces supongo que dios no es tan bueno como dicen, Pedro.
—Supones mal, hijo —respondió él, ya un poco más sosegado—, Dios es bondadoso y piadoso con las almas arrepentidas, pero tú no pareces querer arrepentirte por nada del mundo.
—De lo único que me arrepiento es de no haber bebido lo suficiente esta noche, Pedro —dije yo, mientras una enorme sonrisa se dibujaba en mi rostro.
—¡Está bien! —gritó, esta vez bastante enojado—, me has hartado, chico, iras directo al infierno a hacerle compañía a los seres de tu clase.
Y a continuación elevó sus manos al cielo (aunque en realidad creo que no había un cielo en ese lugar) y dijo con una voz casi gutural:
—¡Mi Señor!, esta alma se ha revelado constantemente y pide ir directo con satanás.
De pronto, se oyó un fuerte trueno que casi me deja sordo y una voz proveniente de no sé dónde, dijo estas palabras:
—¡¡Id directo hacia el negro abismo y permaneced allí hasta que tu alma se glorifique por medio del arrepentimiento sincero y el profundo dolor del fuego eterno!!
Luego todo se oscureció y comencé a dar vueltas en una especie de remolino negro y mal oliente; abrí los ojos y vi que estaba tumbado en el sofá, tenía un fuerte dolor de cabeza y la boca seca y pastosa por la yerba que fumé antes de quedarme dormido. Me levanté del sillón y fui hasta el refrigerador, tomé una cerveza helada, la abrí y le di un largo sorbo, anhelando sentir ese maravilloso y amargo liquido pasar a través de mi garganta hasta llegar a mi estómago; experimenté una enorme sensación de placer y me volví a sentar. Me quedé mirando el techo descascarado y ahumado, y pensé que el paraíso no era un buen lugar para mí; tome nuevamente la cerveza y bebí hasta la última gota. Después de pensar en el sueño durante unos cuantos minutos, imaginé que este lugar debe ser el infierno y pensé, con cierta gracia, que aún me esperaba sufrir mucho dolor antes de conocer a dios (si es que un día lo conocía). Encendí un cigarrillo y tomé un libro del estante, era “El viaje a ninguna parte” de Fernando Fernán Gómez, lo comencé a leer y me olvide del paraíso y de san Pedro y de dios y me di cuenta que este mundo sí es el verdadero infierno. Ni hablar, me dije a mi mismo, fui por otra cerveza y seguí leyendo aquel maravilloso libro hasta quedarme profundamente dormido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario