—La vida es simple; solo tienes que esperar a que
termine y ya está, llegaste al final y no pasó nada. ¿Qué hay más simple que
eso?
—Nada —contesté—, solo que a veces se me dificulta
creer que la vida no es más que un juego donde nadie gana, a veces me da rabia
pensar que hagas lo que hagas no llegarás a ninguna parte.
—Déjate de melodramas, lo único que tienes que hacer
es caminar con la vista al frente, sin mirar atrás y sin importar a quién
pisoteas en el camino: la meta son las estrellas.
—Nadie ha llegado a las estrellas. Dije, y él soltó
una fuerte carcajada.
—Quizá no físicamente, pero hay cierto tipo de yerba
que te hace sentir que las tocas —dijo él, y volvió a reír muy fuerte.
—Ya me harté de tus estupideces —protesté—, solo hablas
de alcohol y alucinógenos. ¿Qué nada es en serio para ti?
—Claro que sí, chaval, solo trato de no tomarme muy
en serio las cosas, porque en caso de hacerlo correría el peligro de volverme
como tú.
—¿Cómo yo? —pregunté preocupado.
—Si, como tú —respondió él, señalándome y mirándome
gravemente—, un tipo loco y amargado que solo piensa en lo que está podrido y
jamás mira aquello que sí funciona correctamente en el mundo.
Yo reí fuertemente al escuchar aquello y pregunté:
—¿Y qué es eso que, según tú, está bien en el mundo?,
porque yo no lo he conocido todavía.
—Claro que lo has conocido, solo que eres ciego o tal
vez estúpido y por eso no has logrado verlo. Hay cosas en la vida que hacen que
esta sea muy agradable: el alcohol por ejemplo —dijo sonriendo—; o el sexo, la
yerba, la música, el tabaco…
Su risa era tan estruendosa que me moría de ganas por
golpear su estúpido rostro hasta verlo sangrar, pero había algo que me detenía.
—Deja ya eso, idiota, o te partiré el cráneo —le
respondí, furioso.
—De acuerdo, chico listo, estoy molestándote
—respondió muy tranquilamente—, pero es verdad lo que te digo; no debes tomarte
las cosas tan en serio o un día te verás a ti mismo metiéndote una bala entre
los ojos.
—Lo tomare en cuenta Enzo, te veré luego —respondí,
dispuesto a marcharme.
—De acuerdo, pero no olvides lo que dije, es en serio,
chico, eres muy raro y además pareces del tipo de los que se meten balas en la
cabeza sin avisar.
Salí de ahí y me dirigí a mi cuartucho en una casa de
habitaciones en la avenida “K”. Al llegar, saque un cigarrillo y lo encendí con
el fuego de la estufa, me senté en el sofá viejo que servía de atavió en la
maltrecha sala y me puse a pensar en lo que Enzo había dicho minutos atrás. Él
tenía razón en algunas cosas; el alcohol sí me había servido muchas veces como
escape de la horrenda realidad, solo que hacía ya algún tiempo que no era
suficiente, y también acertó en eso de meterme una bala entre los ojos, pues en
más de una ocasión había considerado el suicidio como una opción para salir de
este juego macabro. Lo que me molestaba de Enzo era que a pesar de que sabía
las mismas cosas que yo (que la vida no tiene un sentido real, que dios no
existe, que el ser humano es el animal más cruel y mezquino que existe en el
planeta y que la muerte es el único ser que nos concede verdadera piedad), él sí
parecía disfrutar su paso por el mundo y sacarle jugo a la vida; por el
contrario, yo cada día me volvía más amargado y melancólico, cada día me
costaba más trabajo levantarme de la cama y salir a la calle, cada día me
parecía más largo que el anterior. Pensaba muy seriamente en todas estas cosas
cuando recordé que tenía un porrito en
un cajón de la cocina, y aunque fumar yerba no era muy de mi agrado, a veces me
gustaba darle una calada o dos para salir de los límites de mi mente enferma y
retorcida. Saqué el porro y lo puse en mi boca, lo encendí con una cerilla y le
di una larga calada, aguante la respiración lo más que pude y exhalé; era
magnifico. Repetí la operación un par de veces más, me senté en el sofá a esperar
el efecto que produce esa rica sustancia psicotrópica y me quedé dormido, o al
menos eso creo, aunque ya no estoy muy seguro.
Soñé con una enorme multitud de personas caminando
hacia un gran túnel, era muchísima gente, quizá millones. Aquel túnel conducía
a un lugar mejor conocido como el paraíso,
y administraba la entrada un viejo barbudo que al parecer era san Pedro o
alguien de ese tan conocido sequito de mafiosos de la religión. La gente tenía
que pagar para entrar, pero no era dinero lo que el señor Pedro pedía; lo que
él deseaba obtener, a cambio de un pase de entrada al paraíso, eran los sueños
de todas aquellas personas, pues él argumentaba que no podías entrar al paraíso
si seguías teniendo sueños: sueños como alcanzar el éxito en alguna empresa, tener
una grande y bonita familia, conseguir un trabajo súper bien pagado, ser algún
tipo famoso o simplemente tener un Ferrari. Aquellas personas entregaban sus
sueños sin chistar con tal de entrar a ese lugar fantástico y eran conducidos
al túnel por un par de querubines con alas parecidas a las de una gárgola (no
sé si yo fui el único que se percató de que esos querubines eran algo
sospechosos). Las personas entraban de uno en uno y la fila parecía no terminar
nunca, así que me colé hasta el frente, por medio de golpes y empujones, hasta
que logré llegar frente a míster
Pedro. Él me miró de arriba abajo y finalmente dijo:
—¿Qué clase de persona fuiste en tu vida?
—Una persona normal —conteste, muy tranquilo.
—Debes ser más específico en tu respuesta si
pretendes entrar en el paraíso —dijo él, mientras se acariciaba su inmensa
barba blanca.
—Bueno, señor Pedro, digamos que soy un pecador desde
mi nacimiento y mi conciencia jamás me ha permitido arrepentirme por nada de lo
que he hecho, aunque si me lo permitiera, igualmente no me arrepentiría.
—Muy mal —dijo Pedro—, creo que nunca habrá lugar
para alguien como tú en este sitio, pero antes de decidir dime una cosa más:
¿Alguna vez has deseado ir al paraíso?
Tardé un poco en responder, pues, sinceramente, nunca
había pensado en esa cuestión. Luego de pensarlo un rato, respondí.
—No lo sé, ni siquiera sabía de su existencia, yo
siempre creí que dios era un cuento mal contado, creado para controlar a las
masas ignorantes del planeta y nada más.
—Pues te equivocas —respondió Pedro, muy molesto—, Dios
es real y está esperando al final de este túnel para recibir a su fiel rebaño. Pero
tú no podrás verlo hasta que pases una temporada en un lugar al que llamamos
purgatorio.
—¿Tendré que esperar mucho? —Pregunté.
—Un par de milenios —respondió.
—Ese no me parece tan buen negocio, Pedro, lo mejor
será que me largue por donde vine y no volver nunca por aquí —dije yo, mostrando
signos de estar harto de aquella conversación.
—¿Y cómo piensas regresar? —me dijo Pedro, mientras
una sonrisa parecía dibujarse en su rostro.
—No lo sé, viejo, lo único que sé es que necesito un
trago justo ahora —respondí irónicamente.
—Jamás entenderás, muchacho —gritó Pedro, ya bastante
furioso—, la gente como tú está condenada, jamás conocerán la gloria del Señor
y vagarán sin rumbo en las tinieblas por toda la eternidad.
Yo lo miré fijamente y ahogué una carcajada, pues
temí molestar más a aquel hombre, pero, fiel a mi forma de ser, respondí en
tono sarcástico:
—Entonces supongo que dios no es tan bueno como dicen,
Pedro.
—Supones mal, hijo —respondió él, ya un poco más sosegado—,
Dios es bondadoso y piadoso con las almas arrepentidas, pero tú no pareces
querer arrepentirte por nada del mundo.
—De lo único que me arrepiento es de no haber bebido
lo suficiente esta noche, Pedro —dije yo, mientras una enorme sonrisa se
dibujaba en mi rostro.
—¡Está bien! —gritó, esta vez bastante enojado—, me
has hartado, chico, iras directo al infierno a hacerle compañía a los seres de
tu clase.
Y a continuación elevó sus manos al cielo (aunque en
realidad creo que no había un cielo en ese lugar) y dijo con una voz casi
gutural:
—¡Mi Señor!, esta alma se ha revelado constantemente
y pide ir directo con satanás.
De pronto, se oyó un fuerte trueno que casi me deja
sordo y una voz proveniente de no sé dónde, dijo estas palabras:
—¡¡Id directo hacia el negro abismo y permaneced allí
hasta que tu alma se glorifique por medio del arrepentimiento sincero y el profundo
dolor del fuego eterno!!
Luego todo se oscureció y comencé a dar vueltas en
una especie de remolino negro y mal oliente; abrí los ojos y vi que estaba
tumbado en el sofá, tenía un fuerte dolor de cabeza y la boca seca y pastosa
por la yerba que fumé antes de quedarme dormido. Me levanté del sillón y fui
hasta el refrigerador, tomé una cerveza helada, la abrí y le di un largo sorbo,
anhelando sentir ese maravilloso y amargo liquido pasar a través de mi garganta
hasta llegar a mi estómago; experimenté una enorme sensación de placer y me
volví a sentar. Me quedé mirando el techo descascarado y ahumado, y pensé que
el paraíso no era un buen lugar para mí; tome nuevamente la cerveza y bebí
hasta la última gota. Después de pensar en el sueño durante unos cuantos
minutos, imaginé que este lugar debe ser el infierno y pensé, con cierta gracia,
que aún me esperaba sufrir mucho dolor antes de conocer a dios (si es que un
día lo conocía). Encendí un cigarrillo y tomé un libro del estante, era “El
viaje a ninguna parte” de Fernando Fernán Gómez, lo comencé a leer y me olvide
del paraíso y de san Pedro y de dios y me di cuenta que este mundo sí es el
verdadero infierno. Ni hablar, me dije a mi mismo, fui por otra cerveza y seguí
leyendo aquel maravilloso libro hasta quedarme profundamente dormido.